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Ritmo de vida e ideología.

Creo que se deben haber escrito centenares de párrafos sobre la alternativa (o la falta de ella) socialdemócrata para controlar políticamente a los poderes económicos en un contexto de globalización. Como se han escrito centenares sobre lo fácil que circulan los capitales en según qué direcciones.

Pero otro problema, quizás consecuencia del mismo proceso, o al menos del mismo sistema económico global, empieza a calar sin necesidad de salir de Madrid, o de la ciudad de la que se trate.

Las pasadas elecciones lo constatan: Vigo, Cuenca, Toledo y Soria casi forman un club de capitales/grandes ciudades gobernadas por el PSOE de modo más amplio. Pero el problema socialista con el voto urbano no es tampoco una cuestión española.

¿Nos ha ganado la partida el conservadurismo, a través de la economía neoliberal, en las ciudades? ¿A qué me refiero con ello?

tiempos modernos Ritmo de vida e ideología.

Quizás alguno me diga que Marx ya lo dejó ver con la alienación de los trabajadores, en cierta medida, contextualizando en el siglo XIX, pero está claro que la derecha impone su dictado político en las ciudades porque el ritmo impuesto a la ciudadanía en las mismas por el sistema económico le ayuda electoralmente. Se trata de deshumanizar la ciudad, de hacer que el hombre sea un lobo para sí mismo y para los demás: el ritmo de alternancia entre trabajo y hogar apenas se ve parado por un ocio programado de modo estanco.

La realización de ciudadanos como compartimentos estancos, la incomunicación entre ellos, apagar cualquier conato de intercambio de opinión o de generación de pensamiento crítico, no sólo sobre el estado de la ciudad en sí sino sobre el sistema en general, forma parte de la oferta conservadora para las ciudades. Ciudadanía que se levanta para trabajar y se mete a solas en un coche, en un atasco. O se mete en el Metro con unos auriculares. Llega a su trabajo, desempeña la labor por la que se le paga… y vuelve igual que ha venido, intercambiando apenas unas palabras con la cajera del supermercado.

El ocio se presenta como el único tiempo en el que el ciudadano puede tener un rato para la formación de conciencia crítica. Y el ocio también trata de ser controlado por el poder económico: empujar un carrito en un centro comercial, estancar la oferta de ocio enviándola a las afueras de las ciudades (¿cuántos cines han cerrado en el centro de Madrid?), desmenuzar las fiestas y verbenas de barrio para aislar a los grupos de oposición y asociaciones vecinales que tienen ahí un escaparate para los vecinos…

Con ello, la derecha ha conseguido en las ciudades que, alcanzado un nivel en el que los servicios básicos se cubren de un modo mínimo y estándar, lograr un nivel de vida ciertamente superior (aunque sea un poco) conlleve en paralelo un sentimiento de “ser algo más” que va asociado, por falta quizás de espacio para la crítica, con apoyar las opciones conservadoras, que el imaginario común asocia a un nivel de vida superior, al que uno quizás pertenece o, por exclusión, que no va a asociado al nivel de vida “común”, del que uno quiere dejar de pertenecer para ser “algo más que clase media y media-baja”.

Si a este cóctel le añadimos valores conservadores (individualismo, competición, o comes o te comen), la receta está servida. Nada de solidaridad, nada de pensar en colectivo.

Y aquí, en esto, quizás tengamos que poner el remedio, quizás empiece aquí la labor de sentar las bases de la alternativa en el pensamiento socialista para los próximos… ¿¿25 años??

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