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Amor (2), de Manuel Rivas.

En ocasiones, hay personas que tienen mejor y mayor sentido del optimismo, que nos sacan de estar a la defensiva, que nos ponen una sonrisa. Otros, en cambio, nos ponemos en una esquina del ring, y nos tapamos la cara con los guantes de boxeo, como los púgiles que quieren que suene la campana, para poder refrescarse en su esquina.

Aquí os dejo el cuento-columna de Manuel Rivas en El País, parte de una trilogía, publicado el 10 de agosto de 2001, titulado “Amor (2)”, y que me recuerda esta situación.

Amor (2).

Él tenía aquella manía de llevar siempre la contraria. Adornaba mucho sus opiniones con juramentos y blasfemias, aunque su maldición preferida era más bien inocente: ‘¡Mala mar te trague!’. Había una que a mí me parecía terrible y que él reservaba para atemorizar al rival en momentos decisivos: ‘¡Me escarbo los dientes con el palo de la Santa Cruz!’. Un día, un guardia de tráfico le pidió que se identificase, después de adelantar a más de cien por hora en una curva con raya continua, y él exclamó: ‘¡Me llamo André Dosil y me cago en Copito de Nieve y en la raíz cuadrada de tres!’.

Pero lo que a mí me llamaba la atención era la vehemencia con que se oponía al parecer de los demás, fuera quien fuera y fuese sobre lo que fuese. Dosil luchaba contra el mundo. La propia manera que tenía de afincarse en una esquina de la barra del café bar Universal recordaba a esos boxeadores que se clavan en un ángulo del ring, resistiendo la andanada inicial mientras planean el fatal contragolpe. Era soltero. No tenía amores conocidos. Y trataba a las mujeres como seres invisibles. Sólo lo vi dos veces vencido. Una fue cuando murió su madre: ‘Ponme una copa, chaval. ¡Me cago en la pena!’.

Con la televisión luchaba cuerpo a cuerpo. Sin tregua. Nada más escuchar la sintonía del noticiario se ponía en guardia, ojo avizor, acodado en la barra, y con las mandíbulas apretadas. Defendía a Milosevic, al presidente de Corea del Norte, a Sadam Husein, a Fujimori, e incluso, en alguna ocasión, a Fraga Iribarne. ¿Gaddafi? ¡Gaddafi es una bellísima persona! Y como ya nadie le llevaba la contraria, se enfrentaba en voz alta a la pantalla: ‘¡Hijos de la Coca-Cola! ¡Me cago en todo!’.

Una noche entró Charo en el Universal. Trabajaba en el horno de una panadería cercana. Traía en la cara el dorado de la hogaza, y una melena ondulante, del color del pan de maíz. A mí me ponía nervioso la holgura libre de su mandilón blanco. Dosil, sólo atento a la tele, la había tomado con unos manifestantes. ‘¡Había que caparlos a todos! ¡Me cago en la inocencia!’. Y Charo le espetó: ‘¡No digas barbaridades, André! ¡Eres un animal de bellota!’. Esperamos la réplica con pavor. Pero Dosil, ruborizado, bajó la cerviz: ‘¡No te enfades, Chariño! Calla el cerdo cuando canta el ruiseñor’.

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