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En el Día del Español.

El español es la segunda lengua nativa del mundo, sólo superada por el mandarín. Hoy celebramos su día, aunque a diario no la tengamos tan presente como debiéramos.

La palabra más votada este año, de acuerdo con el concurso abierto por el Instituto Cervantes, ha sido “Querétaro”, nombre de una ciudad mexicana, pero siempre, durante siglos, podremos hacer el concurso de un idioma enorme e inacabado: quilombo, fraternidad, república, esencia…

Yo, por mi parte, dejo un pequeño homenaje:

No decía palabras…

No decía palabras,
acercaba tan sólo un cuerpo interrogante
porque ignoraba que el deseo es una pregunta
cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas
hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño
hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso,
una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo
otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza,
porque el deseo es una pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Luis Cernuda

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Pensando en Celaya.

Hoy, 18 de marzo, se cumplen 100 años del nacimiento de Gabriel Celaya, uno de nuestros mejores poetas del siglo XX, que supo aunar lirismo y compromiso social.

Célebre es el poema que le dedicó a Pablo Iglesias (A mí que me den hombres/ -los trepadores, ¡fuera!-,/ a mí que me den hombres/ como Pablo Iglesias…).

Yo os dejo con este otro:

Despedida

Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.

Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.

Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!

Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.

Despedida 

Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.

Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.

Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!

Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.

 

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“Saber perder”, de David Trueba.

Si alguna vez tuviste la oportunidad de desternillarte con “Cuatro amigos”, David Trueba vuelve a no defraudar con “Saber perder”, aunque los puntos cómicos sean menores y lo reflexivo sea más abundante.

“Saber perder” es una novela de líneas encadenadas, de personajes cruzados, es una novela intergeneracional y urbana.

De líneas encadenadas porque narra historias aparentemente inconexas, perdidas en el mar urbano de Madrid, pero que acaban por enlazarse. La historia de Ariel Burano, delantero de un famoso club (que yo digo que es el Atleti y Cartier dice que es el Real Madrid), que conoce por casualidad a Sylvia, una adolescente cuyo padre, Lorenzo, está en paro y saca la vida adelante de maneras insospechadas y conociendo la realidad madrileña de la inmigración. El abuelo de Sylvia y padre de Lorenzo, Leandro, es un profesor de música que vive su vejez con ganas de ensanchar su mundo, sin ver la velocidad que lleva la sociedad de hoy. Y así se van enlazando los cuatro personajes con sus historias.

Es una novela intergeneracional y urbana donde un madrileño avispado notará claras referencias a escenarios de la ciudad, casi preparando el texto para que sea el guión de una película. Intergeneracional porque los personajes no sólo guardan parentescos (Sylvia, Lorenzo, Leandro) sino porque las relaciones que mantienen a lo largo de la novela con otras figuras no son, ni mucho menos, relaciones con personas de su misma edad, situación u origen social.

En resumen, una novela que bien podría ser una verídica historia del Madrid de hoy, donde un delantero argentino baja de los cielos futbolísticos y se mezcla con una familia en plena desestructuración y huida hacia delante.

saber perder trueba Saber perder, de David Trueba.

Este artículo también se ha publicado en el blog cultural de JSCL.

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“Bilbao – Nueva York – Bilbao”, de Kirmen Uribe.

El año 2009 fue el año de Kirmen Uribe. Para algunos saltó a la fama cuando Patxi López leyó su poema “Maiatza” (“Mayo”) en su toma de posesión en la Casa de Juntas de Guernica. El poema forma parte de la obra “Mientras tanto dame la mano” que no sólo logró dar un buen soplo de actualidad a la poesía en euskera sino que su traducción (felizmente editada por Visor, que siempre vela por la poesía ibérica) no pierde ni un ápice de transmisión de lo lírico, de lo histórico y de lo anecdótico.

Tuve la oportunidad de escuchar al propio Uribe recitar alguno de aquellos poemas en la velada que el Día del Libro tuvo junto con Quique González en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. Y es de esas cosas que no se olvidan.

Su novela “Bilbao-New York-Bilbao” ganó el Premio Nacional de Narrativa también en 2009. Lo que la prensa destacó es que el Nacional, un premio estatal, se lo llevaba una novela cuyo idioma original no era el castellano, sino el euskera.

La novela “narra” el viaje a Nueva York, en avión, de nuestro autor, en primera persona, pero esto no es más que un hilo conductor para remontarse a la historia de los Uribe, desde Liborio, el abuelo pescador hasta Kirmen, con pasajes que entroncan con las vivencias de la Guerra Civil en Euskadi, pasando por la investigación, ligada al abuelo Liborio, sobre un cuadro costumbrista de Aurelio Arteta. Historias de Euskadi, de Ondarroa, de Lekeitio, de los pueblos con fachada al Atlántico, islas en medio del mar, pueblos fríos, narradas con bonanza, con una dosis de peculiar humor, con sencillez, poemas antiguos, letras de Norah Jones, y con el cuidado de los recuerdos de familia, de quién vivía en según qué calle, de los que sólo iban a veranear o de Santiago, hermano de Tomás Meabe, fundador de Juventudes Socialistas, pasando por encuentros de escritores del hoy que se empeñan tenazmente en dar una vuelta de tuerca a la narrativa de nuestros días.

Merecedora del premio por lo que supone de renovación y por la audaz apuesta por el euskera, que debía recibir un fuerte impulso y lo ha recibido. Sinceramente espero que haya más años de Kirmen Uribe para poder seguir con novelas como ésta y con poemarios como el que os he mencionado.

bilbao newyork bilbao kirmen uribe Bilbao   Nueva York   Bilbao, de Kirmen Uribe.

Este artículo también se ha publicado en el blog cultural de JSCL.

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Tipos infames.

No es una cuestión de publicidad. Se trata de una librería regentada por jóvenes y de modo innovador.

Este puente pasado estuve por el barrio en el que vivieron mis abuelos y donde nacieron mi madre y sus hermanos, mis tíos: el barrio de Maravillas, que ahora todo el mundo conoce como barrio de Malasaña.

El caso es que yo ya salía predispuesto a visitar, en la calle San Joaquín, una nueva librería que, por Internet, me había causado muy buena impresión: Tipos Infames.

tipos infames calidad lomo Tipos infames.

Se trata de un modelo algo innovador. ¿Y cómo se innova en una librería? Pues, en el caso que nos ocupa, con un poco de barra, con vinos, cafetera e infusiones. Además, hay mesas para pasar un agradable rato y una muy buena selección de libros en riguroso orden alfabético (quizás las novedades sean las únicas que andan separadas). El local, que yo conocí en mi infancia como el horno de La Criolla, escenario de mis juegos infantiles con mis primos, cuenta además con un buen sótano, con “cueva” como casi todos los inmuebles de la calle. Mi madre, de hecho, asegura, aunque no lo vivió, que fueron usadas como refugio durante la guerra.

Un diseño funcional y claro del local, un pequeño reservado al fondo y el justo equilibrio entre libros y vinos, le añades el buen trato de los chicos que lo regentan y ya tenemos un nuevo local para un barrio pujante que vive hoy sus mejores días después de lustros de decadencia.

Os recomiendo que os deis un paseo por la corredera, por la calle del Espíritu Santo, por la de Pez, por la plaza de San Ildefonso, y por las vecinas a todas éstas, por el Rastrillo y por los alrededores del Dosde, y veréis los buenos días que vive hoy el que fuera barrio de Manuela Malasaña.

Para hacer un alto en el camino, entrad en Tipos Infames. Un vaso de vino da fuerza y alegra el camino, y de paso os ponéis al día de lecturas.

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El amor difícil, de Luis García Montero.

Perdóname por ir así buscándote
tan torpemente…

Pedro Salinas.

Quizá tú no me viste,
quizá nadie me viese tan perdido,
tan frío en esta esquina. Pero el viento
pensó que yo era piedra
y quiso con mi cuerpo deshacerse.

Si pudiera encontrarte,
quizá, si te encontrase, yo sabría
explicarme contigo.

Pero bares abiertos y cerrados,
calles de noche y día,
estaciones sin público,
barrios enteros con su gente, luces,
teléfonos, pasillos y esta esquina,
nada saben de ti.

Y cuando el viento quiere destruirse
me busca por la puerta de tu casa.

Yo le repito al viento
que si al fin te encontrase,
que si tú aparecieses, yo sabría
explicarme contigo.

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Amor (2), de Manuel Rivas.

En ocasiones, hay personas que tienen mejor y mayor sentido del optimismo, que nos sacan de estar a la defensiva, que nos ponen una sonrisa. Otros, en cambio, nos ponemos en una esquina del ring, y nos tapamos la cara con los guantes de boxeo, como los púgiles que quieren que suene la campana, para poder refrescarse en su esquina.

Aquí os dejo el cuento-columna de Manuel Rivas en El País, parte de una trilogía, publicado el 10 de agosto de 2001, titulado “Amor (2)”, y que me recuerda esta situación.

Amor (2).

Él tenía aquella manía de llevar siempre la contraria. Adornaba mucho sus opiniones con juramentos y blasfemias, aunque su maldición preferida era más bien inocente: ‘¡Mala mar te trague!’. Había una que a mí me parecía terrible y que él reservaba para atemorizar al rival en momentos decisivos: ‘¡Me escarbo los dientes con el palo de la Santa Cruz!’. Un día, un guardia de tráfico le pidió que se identificase, después de adelantar a más de cien por hora en una curva con raya continua, y él exclamó: ‘¡Me llamo André Dosil y me cago en Copito de Nieve y en la raíz cuadrada de tres!’.

Pero lo que a mí me llamaba la atención era la vehemencia con que se oponía al parecer de los demás, fuera quien fuera y fuese sobre lo que fuese. Dosil luchaba contra el mundo. La propia manera que tenía de afincarse en una esquina de la barra del café bar Universal recordaba a esos boxeadores que se clavan en un ángulo del ring, resistiendo la andanada inicial mientras planean el fatal contragolpe. Era soltero. No tenía amores conocidos. Y trataba a las mujeres como seres invisibles. Sólo lo vi dos veces vencido. Una fue cuando murió su madre: ‘Ponme una copa, chaval. ¡Me cago en la pena!’.

Con la televisión luchaba cuerpo a cuerpo. Sin tregua. Nada más escuchar la sintonía del noticiario se ponía en guardia, ojo avizor, acodado en la barra, y con las mandíbulas apretadas. Defendía a Milosevic, al presidente de Corea del Norte, a Sadam Husein, a Fujimori, e incluso, en alguna ocasión, a Fraga Iribarne. ¿Gaddafi? ¡Gaddafi es una bellísima persona! Y como ya nadie le llevaba la contraria, se enfrentaba en voz alta a la pantalla: ‘¡Hijos de la Coca-Cola! ¡Me cago en todo!’.

Una noche entró Charo en el Universal. Trabajaba en el horno de una panadería cercana. Traía en la cara el dorado de la hogaza, y una melena ondulante, del color del pan de maíz. A mí me ponía nervioso la holgura libre de su mandilón blanco. Dosil, sólo atento a la tele, la había tomado con unos manifestantes. ‘¡Había que caparlos a todos! ¡Me cago en la inocencia!’. Y Charo le espetó: ‘¡No digas barbaridades, André! ¡Eres un animal de bellota!’. Esperamos la réplica con pavor. Pero Dosil, ruborizado, bajó la cerviz: ‘¡No te enfades, Chariño! Calla el cerdo cuando canta el ruiseñor’.

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(Siento), de Federico García Lorca.

(Siento)
Siento
que arde en mis venas
sangre,
llama roja que va cociendo
mis pasiones en mi corazón.

Mujeres, derramad agua,
por favor;
cuando todo se quema,
sólo las pavesas vuelan
al viento.

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