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Silvio no está tan lejos.

Apenas hace unos días que contemplamos en la prensa la foto del príncipe de Gales y su esposa aterrorizados por los estudiantes en pie de guerra por la subida de las tasas universitarias que ha aprobado el Parlamento de Westminster con los votos tories y liberales que sustentan al gobierno. La medida debería servir de público escarmiento para quien castigó con su voto a los laboristas y se dejó llevar por cantos de sirena liberales.

También vimos las movilizaciones en Francia, que llevaron a una remodelación ministerial, casi tan desesperanzadora como somnífera. De Gaulle debe estar riéndose en la tumba porque el cambio es la expresión misma de su presidencialismo, encarnado en ese pseudo-Bonaparte del siglo XXI que es Sarkozy.

Pero Italia es bien diferente. Ayer veíamos los coches policiales arder en la romana plaza del Popolo, junto a las iglesias gemelas, y a la policía retroceder. En Italia no se trata de una subida de tasas (lo que no he dicho es que en España subimos las becas). Ni tampoco es un recorte de pensiones (aquí tampoco se le ha bajado a nadie). En Italia lo que se corrompe es la República misma. En el sentido constitucional y en el etimológico.

El primer ministro tiene una seria brecha en su mayoría. Su principal aliado, el también derechista Fini, presidente de la Cámara de Diputados, se le ha ido de la alianza. Y a Berlusconi le han salido las cuentas en la moción de censura presentada contra él por 3 votos. Hasta aquí, todo entraría dentro de la “normalidad” si omitimos que los 3 votos de diferencia han sido obtenidos casi por compraventa, y que Berlusconi no ha tenido el menor empacho en agradecer públicamente a los tránsfugas su gesto.

La tensión, transformada en gravísimos disturbios en Roma, ya se mascó el otro día en la apertura de la temporada de la ópera de Milán, donde el director Daniel Baremboin fue el encargado, antes de interpretar el himno nacional, de mostrar al presidente de la República, Giorgio Napolitano (de izquierdas), la preocupación general por la falta de apoyo a la cultura, mientras fuera del edificio se producían fuertes disturbios. Por suerte, el presidente de la República le mostró su apoyo y una censura pública al primer ministro.

Desde luego, el sistema político italiano no es el más estable del mundo. Desde la Segunda Guerra Mundial, se han sucedido los primeros ministros por decenas y la estabilidad política se terminó cuando se les terminó el bipartidismo y cuando figuras como Aldo Moro o Berlinguer desaparecieron del panorama político. Pero la degradación de la política italiana ha ido a más con Berlusconi, a mucho más de lo esperado y lo esperable. No sólo por sus comentarios machistas, no sólo por la persecución abierta a los homosexuales, no sólo por la corrupción generalizada, no sólo por la censura o el control de la mayor parte de los medios de comunicación, no sólo por los escándalos del mandatario… Pero cada causa, y la suma de todas ellas, no son bastante para poner fin a este estado de cosas, ya que Berlusconi ha logrado frenar cualquier ofensiva judicial contra él con leyes que le han dado mayor o menos inmunidad.

Lo triste es que este comportamiento, lejos de ser censurado, es imitado. En nuestro país, la Comunidad Valenciana está siendo el tubo de ensayo de las mismas prácticas. Para el Partido Popular ya no vale con que alguien esté abiertamente imputado para que tenga que dimitir. Lejos de ello, no sólo sigue en el cargo, sino que se fabrica un mártir, o se trata de controlar qué jueces van a instruir las causas, cuáles van a juzgarle, cuáles van a tratar los recursos y el tratamiento informativo que se le da al asunto (si es que se le da alguno). Y así tenemos a Carlos Fabra, para el que las diferencias con Berlusconi son menos que las siete diferencias del pasatiempo.

En resumen, parece que Berlusconi es algo alejado, pero se está empezando a extender en nuestro país, lenta y silenciosamente, empezando por el PP levantino. Y viene para acá.

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