Relato: “No tan lejano”.


Con este relato quedé segundo este año, en el concurso que anualmente organiza Juventudes Socialistas de Ciudad Lineal, mi Agrupación.

No tan lejano.

El avión acaba de golpear con sus ruedas en la pista de Barajas. Es otro avión, es otro tiempo, tampoco tan lejano. Miro al panel que hay encima del asiento, ése que dice que no puedo fumar y que tenga el cinturón abrochado.

Vuelvo a pensar que lo del tabaco en cigarrillos lo debieron inventar en tu familia. De hecho, estuve varias semanas creyéndomelo a pies juntillas. Era la única manera seria de explicarme la elegancia objetiva con que sacaste un pitillo de aquel paquete arrugado por el peso de las mil cosas de tu bolso, para llevártelo a la boca, adelantarlo con esos labios tuyos, encenderlo, darle la primera calada, precipitar el humo por el balcón y girarte para sonreírme y ofrecerme.

Era otro tiempo, era otro lugar, no tan lejano. Nos llegaba el olor del mar. Habías abierto la ventana para disimular el olor del tabaco en aquel piso compartido en aquella ciudad que no conocíamos. Ante nosotros se extendía una pequeña calle silenciosa, una madrugada fresca, un aire sin nada que ver con el calor húmedo de la habitación. Quitando las farolas y su reflejo en el empedrado, toda la calle estaba a oscuras. Aunque quién sabe, quizás alguien nos miraba, fumando a oscuras, tan náufrago de la madrugada como nosotros.

El avión avanza hacia la terminal y las luces de la puerta por la que desembarcaremos se reflejan, medio muertas, en el asfalto húmedo de la lluvia en la noche. Cuando los viajes se terminan siempre hay cierta melancolía, como en aquel día, no tan lejano.

Nuestra ventana quedaba más alta que los edificios de la acera de enfrente, pero estábamos tan sólo en un segundo piso, al que se llegaba por una escalera de madera barnizada que podía tener tanto de antiguo como de ancho como de encanto. E incluso en la noche nos extrañaba el brillo de las fachadas de las casas.

Pensábamos, gratis, que sería bello tener un piso allí, como quien tiene un refugio, para escapar, tampoco tan lejos, aunque no supiéramos bien de qué, quién sabe si de nosotros mismos, de nuestros mundos respectivos.

El taxi me lleva a mi casa, una suerte de refugio cercano, quién sabe si de mí mismo. Debería hacer la prueba de romper contigo la dureza de mi yo doméstico.

Nuestra soledad, nuestro silencio dialogante, sólo se interrumpió entonces por el fugaz paso de un hombre taciturno en la acera de enfrente, en dirección al centro. Debían ser las tres de la madrugada. Una buena hora para tu espalda.

Un rato antes, te habías peinado levemente, habías cogido el tabaco, habías abierto la puerta con sigilo y te habías ido caminando por el pasillo. Yo me había puesto los vaqueros deprisa, para salir detrás de ti por un suelo helado, quizás por hacerte compañía, quizás por no perderme yo la tuya, tampoco tan lejana, o tal vez sí. Un momento de soledad hubiera sido suicida. Sólo llevabas aquel camisón gris que, sin quedarte ceñido, dejaba imaginarte debajo.

El humo de tu cigarrillo ascendía desmadejado, descubierto por la luz de la noche. Nuestro silencio contrastaba con la risa que habíamos dejado calles atrás, cerca del mar, perdidos en la madrugada de una ciudad que sólo intuíamos. Lo nuestro siempre fue un máster en recorrer ciudades en la penumbra.

Acerté en no quedarme en aquella ciudad, no hubiera podido vivir sólo con aquel eco, no tan lejano.

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  1. #1 by Carlota on 04/01/2011 - 3:15

    No tengo ni idea de como será el relato que se ha llevado el primer premio, pero sin duda, este se merecía ese puesto. Es dificilmente superable.

(No será publicado)